Navigare Necesse, Vivere Non Necesse. Virgílio, 19 a.C.
Navigare Necesse, Vivere Non Necesse. Virgílio, 19 a.C.
Wamberto Wudson Ferreira, enero de 1997.
1. “Carioca” nacido en Brasilia (en verdad, “carioca” es aquel que nace en Río de Janeiro; en Brasilia nacen los “candangos”) Fernando Paes absorbió de la miel griega, romana, ibérica, no se impone límites, su obra navega horizontal y verticalmente por la geografía y por la historia. La mar de Fernando Paes es la mar de las caravelas, del encuentro de dos o más culturas, la mar de Fernando Paes es la tierra de los marginados que franciscanamente roban para dar, la mar de Fernando Paes es la tierra de los que usan u osan para crear y recrear. Su obra es ancha como un hecho histórico de 500 o 2,500 años y, la historia, sigue viva, viviendo de Troya, Ilión, pasando por España y Portugal, alvísaras, de allí trayendo rechonchudos angelitos de la cultura europea y barroca y, más que europea y barroca, lusitana y española, trayéndolos hacia América, redundantemente europeos todavía, pero renacidamente amorenados y amulatados.
La obra de Fernando tiene más que ver con la hispanidad en la medida en que siendo, no es puramente brasileña, en el momento en que siendo, no es puramente ibérica: es por lo tanto, regional y por lo tanto internacional (los que no perciben cómo es internacional lo regional, qué pena) Y Fernando es de esta época en que el momento en que no lo es, Fernando es contemporáneo, pero también es antiguo por ser atemporal, es coevo intransitivamente.
No importa si la técnica con que poemiza sus cuadros no sea aquella creada por sus antepasados de bigotitos franco-románticos, de paleta sucia en la mano, de boina oblicua en la cabeza y de bata blanca velázqueanamente manchada de pintura. No importa si la técnica con que plasma su obra no se aquella ya anticuadamente destructiva de un arte de vanguardia que, por vanguardia, aún no se ha hecho historia, aún no existe. Eso no es lo que quiere Fernando formal y esencialmente; lo que él quiere, parece obvio, es mostrar la contemporaneidad de lo que fue griego, romano, ibérico, es mostrar la atemporalidad de lo que aparenta ser puramente contemporáneo; lo que quiere, parece evidente, es enseñar que morimos ayer pero renacemos hoy paridos de aquella misma muerte.
2. Un día, Fernando se hizo embarcadizo de una caravela de tintas y telas y viajó, partiendo de las orillas del Bósforo: trazó, Odiseo/Eneas, el camino de regreso al presente, llegando a Ilión, pasando antes por las desnudas Indias Occidentales, vestidas de sí mismas, pasando antes por el estéril y siempre embarazado Noreste de Brasil, por las barrocas iglesias de Europa, Francia y Bahia, Ouro Preto y México, y ancló en Puerto Riquísimo. Descubrió las alpicadas y picantes y coloridas y ominipresentes islas universo-caribeñas, que transformó en sepia para historiarlas; descubrió el verso y compuso el reverso del tiempo de antaño y del tiempo de ahora: él es ulises, virgílio, camoes, pessoa, drummond, caetano, es cervantes y quijana, quijote y sancho, es el ladrón vespucio y el aglutinador bolívar, es el buscador de la fuente de la juventud y el constructor de la juventud de la fuente romana, es lampeão y toño bicicleta, es el marginado sin normas, sin reglas, sin límites cronológicos, revelador al mismo tiempo que destructor de parámetros, Fernando es el ayer vestido de hoy, el actual vestido con la piel de asno de la tradición. Fernando es, Fernando facit: no fue ni será, porque su obra se hace atemporal, el verbo, en él, creador, no se hace ni antes ni después, simplemente se hace.
3. Al día siguiente, Fernando pasó por un tiempo y un lugar donde no había nacido, pero donde se formará y se informará: y rescató de los residuos desechados por un pueblo que había deglutido el banquete cultural europeo y que había digerido apenas lo que alimentara su cuerpo adolescente y, por ende, fogoso. De esos residuos todavía se aprovechaba aquello con que Fernando se alimenta, aquello con que se alimenta el hombre de hoy. Ese día es que Fernando se dió cuenta, y lo transmite, de que el canibalismo es la transformación de la muerte en vida, es el ser humano instante, el morir hecho perenidad, el vivir: que se coma solamente lo que hace crecer. Al zafacón el lujo y la basura, al vertedero el zumo usado, la cáscara marchita, la carne pútrida y fétida si mantenida intacta. Fruta antigua no remadurece con el vigor del clima caliente, se marchita; es la semilla de la fruta que renace, no la fruta. Que se heche el sémen sobre la tierra en celo, ella lo acogerá y, preñada, reproducirá ibero-americana. Que no se busquen más las reglas y los compases, que se viva la desorganización del caos lusitano-hispánico y más creativo. Que se deconstruya para construir, antes que para reconstruir.
Una manifiestación cultural tropicalista es seguro que nace de esa semilla, pero en otros aires que a ella le darán nueva vida, nueva forma, nueva cáscara, nueva carne, nuevo gusto: la apropiación y la reapropiación nos alimentan y nos hacen sobrevivir con esa otra vida, con esa segunda forma, con esa verde carne, con esa renacida cáscara, con ese dulce sabor moreno y mulato e indio. Que se replante la semilla, que se rehaga la fruta, dicen los tropicalistas, redice Fernando.
4. Fernando retoma las raíces expulsadas del interior de aquella semilla, pero no se ahoga con ellas, ellas no le entran por la nariz ni se esparcen inconscientemente por su cuerpo y obra; al contrario. A ellas agárrase él, es cierto, pero no se hunde en el mar de lo repetido inocuamente, resignadamente, modernosamente. En ellas él va a descubrir que somos tan atemporales, nosotros, latinoamericanos, cuanto el propio tiempo, cuanto el propio universo y que esa historia de cordón umbilical solo sirve como nana y para estrechar la submisión cultural: tenemos voz y vez. Es necesario que se tenga conciencia de ello y para eso lo que es necesario es vivir esa atemporalidad/temporalidad y transformarla como la hace Fernando, pariendo lo que es él, lo que somos nosotros, como nuestros padres, verdad, pero y sobretodo, como nosotros mismos, con “una ausencia de distinción entre los hechos actuales y los hechos remotos en un permanente estado de vigilia como resultado de un pensamiento nublado o de una memoria fragmentaria”1.
1. Paes, Fernando. “Reinterpretación del Movimiento Antropofágico brasileño de los años 20 en un trabajo personal de pintura”. UNAM, México, 1995.